Más tarde, a los 31 años, más o menos, aprendí a caminar. Yo ya sabía bailar, y hasta dar volteretas. Pero entonces alguien me explicó que, al andar, debía concentrarme en mi ombligo, mi centro, y concebir el resto de mi cuerpo como un eje que lo atravesara. El eje, sin embargo, debía ser lo más recto posible, por eso corregí mi postura y ahora camino más erguida, controlando mis hombros, mi pelvis y mi cabeza, como si quisiera crecer. Y claro que quiero.
Ahora, a mis 32, estoy aprendiendo a decidir qué quiero ser de mayor. Antes pensaba que tenía que valorar mis cualidades y mis habilidades, y tratar de equilibrarlas con las cosas que me gusta hacer. Pero he descubierto que es suficiente con abrir un número suficiente de galletas chinas de la suerte y leer los mensajes que llevan dentro. Algunas contienen mensajes incomprensibles, pero al final siempre te sale alguna profecía con sentido. Yo, sin ir más lejos, gracias a una de esas galletas, he sabido que voy a ser una estrella del rock.
Si he aprendido a respirar y a caminar, estoy segura de que puedo aprender a hacer cualquier cosa.