Dime Dios, ¿cómo va eso?
Yo, ya ves, vuelvo de vacaciones ¿y qué me me encuentro? Pues ni más ni menos que dos cucarachas. No muy grandes- lo mejor dentro de lo peor, podría decirse-una en la cocina, otra correteando entre mis tejanos. Las maté al instante, claro, no sin dificultad, menos aún sin miedo. Precisamente esto es lo que ando preguntándome últimamente, ¿por qué me traes a casa el peor de mis miedos?
Hagamos algo, hagamos uno de nuestros tratos, de esos de "si tú haces eso yo haré aquello."
Cualquier cosa. Me iré de la casa, si te parece lo más conveniente. Pero no dejes que esas sucias patas transiten por los mármoles donde solía gustarme preparar limonadas y que ahora tengo que examinar triste y metódicamente antes de, sencillamente, apoyar las manos en él.
Saltaré al mar desde alguna roca alta, aprenderé a vestirme como una persona adulta para ir a trabajar, lo que sea, lo que más me cueste, lo que más miedo me dé. Pero no más correteos de insectos entre mi ropa, ya no quiero tocar nada, beber de mis vasos o descalzarme en mi suelo (¿o ya no es mi suelo y todo, suelo, ropa y vasos le pertenecen ya al miedo?).
Si no estás muy ocupado, ¿podrías llevártelos enseguida? Cuando vuelvas me encontrarás en otro sitio, atravesando otros temores, pero esto no, a esto no me enfrento. ¿Quieres que vaya a la iglesia? ¿que me corte el pelo? ¿que no diga nunca más que me dan grima los subnormales? No hay problema, lo que sea. Pero devuélveme mi suelo y mis paredes, libérame del miedo al miedo, del terror a la toalla y -ay!-a la sábana.