miércoles, 20 de mayo de 2009

Grietas por todas partes

Anoche, viendo una película de Jim Jarmusch, me di cuenta de que siento cierta inclinación por los perdedores –digo perdedores en el sentido estético de la palabra–, más que por ningún otro tipo de personajes de ficción. La razón es clara y simple: tal y como les ocurre a ellos, mis armarios de cocina no cierran bien, mis muebles no pegan unos con otros, no me compro zapatos nuevos hasta que los que tengo están destrozados, y las paredes de mi casa tienen grietas. A través de esas grietas, se cuela el invierno. Seguro que por ellas también se escapan algunas cosas.

A veces observo las grietas, aunque otras veces me olvido de que existen y no las veo. Pero de vez en cuando me doy cuenta de que se han agrandado y sé que ello es el resultado de un proceso que tiene lugar cada noche. Porque de noche oigo la casa.
Cuando estoy en la cama con todas las luces apagadas es cuando oigo los crujidos de mi casa al estirarse desperezándose, enfrentándose a los cambios de temperatura, empezando el día ahora que el mío se ha terminado. Vengo a sentirme como si compartiera casa con mi propia casa, por así decirlo. No es tan distinto a tener un compañero de piso noctámbulo, excepto porque por la mañana no te encuentras sus platos sucios y sus ceniceros en la pila de la cocina.
En algunas ocasiones la casa ha ido demasiado lejos y sus ruidos han sido más intensos y profundos, como si el techo estuviera a punto de caerse. Evidentemente, no puedo decir que sepa lo que eso significa, pero lo interpreto como una queja porque ha llegado la primavera y no estoy pintando la casa, como haría la mayoría de la gente. Algunas noches he estado a punto de levantarme de la cama y gritarle a las paredes: “Eh, casa, yo también tengo grietas y no dramatizo tanto.” Pero la casa ya debe saber, como yo, que las grietas son sin duda un rasgo característico de los perdedores. Quizá no tanto las grietas, sino como la falta de resistencia al hecho de que existan.

Las paredes de la casa donde vivía cuando era una niña estaban todas empapeladas, pero yo reseguía el papel pintado por toda la sala de estar todo el pasillo y las habitaciones con mi manita y sentía las grietas bajo los dibujos de flores. Me hacían sentir incómoda, porque no se pretendía que se vieran, pero allí estaban, podían sentirse, amenazadoras como un secreto vergonzoso. Me prometí que algún día tendría una casa tan blanca y lisa como una tarta nupcial, pero siempre me las he arreglado para acabar viviendo en casas cuyas paredes parecían más bien un plato de arroz con leche. No sólo las paredes; con los años me he encontrado grietas en mi piel, en mis conocimientos y en mis convicciones. Grietas en mis labios, en mi felicidad y en mis defectos. Grietas por todas partes, que nos exponen a millones de influencias, como el amor y la luz, y la duda y el envejecimiento.
De todos modos, al final, esas fisuras que mis deditos reseguían por las paredes de la casa de mi infancia acabaron siéndome familiares, y tocarlas me tranquilizaba. En cierto modo, sentía que esas grietas eran más ciertas que las flores del papel pintado, en el que siempre era primavera, mientras que a través de las grietas teníamos acceso a todas las estaciones del año. Y las certezas son reconfortantes, no importa lo duras que sean.

Si la casa pudiera ver las cosas desde mi punto de vista, tal vez dejaría de quejarse. No soy perfecta y mi casa no es una tarta nupcial. Tapar nuestras grietas no cambiaría eso; sólo nos convertiría en verdaderos perdedores, en todos los sentidos de la palabra, excepto en el estético, por supuesto.


 


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