miércoles, 31 de octubre de 2007

El barrio is on fire


El otro día se quemaba una parte de la ciudad. Una parte pequeña, verde y habitada. Lo vi desde la ventana y me pareció que todo aquello estaba ocurriendo muy cerca. Cerca de mí, de la seguridad de mi casa. Y pensé: "Pues que venga hasta aquí, que se acerque este fuego, que abrase las plantas que no quieren crecer y los gusanos que viven debajo de las macetas; que devore la bicicleta de las ruedas deshinchadas, los regalos que me decepcionaron y los libros que no me leeré nunca; que acabe con el polvo que hay encima de los armarios y con la ropa que ya no me pongo, que agote de una vez los calendarios, la pastilla de jabón y los macarrones que sobraron de la cena; que se lleve los dilemas, las ventanas que no cierran bien y los yogures caducados."
Y no ocurrió nada. Claro, ¿qué coño iba a ocurrir?

martes, 30 de octubre de 2007

El espectador profundo

Si algo he aprendido de mis gatos es a escoger, de lo que me ofrecen, lo que me interesa, y a rechazar con la cabeza alta lo que no quiero. Así hacen los gatos, siempre, con la comida, con los juegos, con las caricias. Y no es poca cosa aprender a imprimir dignidad en un gesto de rechazo. Practico yoga un par de horas a la semana y, aunque no soy una fanática de esta disciplina (no me levanto a las seis de la mañana para hacer el saludo al sol, ni me he convertido en una vegetariana que sólo viste con ropa de fibras naturales) tampoco asisto a las clases como quien va a que le den un masaje en los pies (¿o sí que lo hago?). Me gusta como ejercicio; es lento y relajante, casi narcótico. Durante las meditaciones puedes alcanzar un grado de relajación tan alto que apenas sientes el latido de tu corazón; comprendes que para mantenerte con vida necesitas muy poca energía y que, si la reduces al mínimo posible, puedes estar casi muerto. En ese estado puedes montarte en una barca imaginaria y navegar por tu torrente sanguíneo, hablar con tu páncreas o intentar desconectar tu mente, fundirla a negro. He habilitado un pequeño banco de madera de roble entre mis dos hemisferios cerebrales para que lo que llaman "el espectador profundo" -y que yo imagino como una versión de mí misma, milimétrica y coloreada sólo con la escala de grises- se siente a contemplar el vacío que queda entre un pensamiento que se va y otro que llega. Ahora bien: no incorporaré a mi léxico las palabras mudra, Krilla, asana, chakra, hara, mantra. No las repetiré; aunque sepa lo que son, no hablaré de ello. No me apropiaré de ningún campo semántico, como hacen los vendedores de colchones y los electricistas. Algo que sin duda distingue a un pintor de brocha gorda de otro de pincel, es la cantidad de veces en su vida que el primero dice imprimar frente a las que el otro dice deconstruir. Me limitaré a hacer yoga y mucha gente ni se enterará porque, por más yoga que haga, la palabra que más diga seguirá siendo mierda.

Hay días así



Repito diariamente las mismas acciones, los mismos gestos sencillos y cotidianos, tomo el mismo desayuno, prácticamente siempre voy a los mismos lugares. He diseñado una rutina que, en cierto modo, funciona. Es buena en la medida en que me mantiene unida al mundo, me sujeta fuerte cuando comienzo a experimentar un profundo extrañamiento de mí misma.
Así que este autobús en el que estoy subida y que me lleva a un centro comercial es una especie de cordón umbilical que me conecta con el resto de seres humanos que se suben a autobuses y compran en centros comerciales. Al menos sé que soy uno de ellos, ahora sí lo soy.
He forzado un patrón para mi vida porque, aunque no quiera ser como ellos, tampoco me siento cómoda sintiéndome tan distinta, tan capaz de juzgar a todos, tan consciente de sus existencias ridículas y banales. Pero encajar en esa cotidianeidad repetitiva a veces se hace tan duro como tratar de encajar el culo en unos pantalones dos tallas inferiores a la mía. O es imposible, o es extremadamente incómodo.
Pero seguiré subiéndome a sus autobuses, seguiré comprando en sus centros comerciales y, al fin, puede que lo consiga y sea como ellos. Añadiré más horas y más días a una existencia insustancial hasta que se consuma. Por el camino envejeceré sin dignidad (¿es posible envejecer de otro modo?), y me dará igual. Eso es lo más importante, que me dé igual. Así es cómo funciona.
A pesar de que los pequeños placeres van mostrando poco a poco su verdadera cara, esto es, que son fraudes (ya he desenmascarado la Navidad, ir al cine, el periódico de los domingos), seguiré celebrando la Navidad, volveré a ir al cine y a comprar el periódico los domingos. Seguiré caminando por esta ciudad donde todo me sorprende y me aturde. Lo haré, aunque al final absolutamente todo deje de tener sentido y sólo me quede la literatura.

jueves, 11 de octubre de 2007

Un cubo de agua de lluvia

Hablando de fregonas, esta noche me he dejado la mía, con su correspondiente cubo, en la terraza. Como ha llovido a cántaros, esta mañana el cubo estaba lleno de lluvia y, en lugar de vaciarlo, he pensado que la usaría para fregar el suelo. Me ha parecido una buena idea, una pequeña excentricidad, un gesto infantil, un lujo, una forma poética de reciclaje.
Al poco rato ha llegado el pintor, y se ha quedado en mi casa poco más de tres cuartos de hora; el tiempo suficiente para llamarme señora cuatro veces. Eso me ha creado una contradicción, porque hasta el momento me sentía como una niña estúpidamente ilusionada porque va a fregar el suelo con lluvia. No puedes ser una señora e ilusionarte con algo así (según que niño seas, tampoco). Quiero decir que una posible definición de señora bien podría ser: "Persona que no se ilusiona ante la perspectiva de fregar el suelo con lluvia". (Por otro lado, también podría pensarse que la definición: "Persona que se ilusiona ante la perspectiva de fregar el suelo con lluvia" corresponde al término pobre infeliz). El caso es que si me llega a llamar señora una vez más, me convence y tiro el agua por el váter. Suerte que soy difícil de convencer.

martes, 2 de octubre de 2007

El mejor masajista de gatos de París

Estoy perdiendo el tiempo en una larguíííííísima cola, larga de verdad. Es tan larga que no tiene sentido añadirse a ella, a no ser que uno tenga la seguridad de que, al final, obtendrá lo que ha venido a buscar. No es mi caso. Sin embargo, allí estoy, perdiendo el tiempo, trabando amistades que se disolverán en cuanto la cola lo haga y, de repente, veo una chica que se acerca a una portería, llama a un timbre y, en cuanto le contestan, anuncia: "Soy la responsable del mantenimiento de la escalera". La miro y, por el cubo y la fregona, deduzco que se trata de...(perdón por la incorrección política) ¡LA MUJER DE LA LIMPIEZA!
Medito unos minutos acerca de lo que acabo de oír, y me pregunto si el argot de esa chica no estará un poco viciado por la corrección política que mencionaba tres líneas más arriba. Pero hay otra posibilidad: lo mismo un día se ha mirado al espejo y se ha dicho que su trabajo es muy digno (que lo es) y que esa dignidad vinculada a ese oficio es más nueva que el término que se usa para referirse a él, así que decide acuñar uno nuevo. Desde entonces va por las casas poniendo por delante su flamante cargo de "responsable de mantenimiento de la escalera", que es buenísimo porque:
a) Ni siquiera insinúa que tendrás que trabajar blandiendo una escoba, un trapo o una fregona,
b) no hace distinción de género,
y c) alude al hecho de que tienes una responsabilidad,
Es perfecto.
Es tan perfecto que si se le hubiera ocurrido a ella no estaría limpiando escaleras, sino que posiblemente trabajaría en el departamento de márketing de alguna agencia de publicidad.
Me rindo a la evidencia de que lo más probable sea que, en la ETT de turno, le hayan ofrecido el cargo con ese nombre y, además, le hayan aconsejado que ella también lo use. Cuando yo trabajaba en Sephora no podía decir que era "dependienta de perfumería", tenía que considerarme y, por tanto decir de mí misma, que era una "consejera de fragancias". Es algo parecido; la palabra "dependienta" se asocia enseguida a pasar ocho horas al día de pie aguantando gilipollas, que es, por lo demás, lo que las "consejeras de fragancias" también hacen.
La explicación final para tanta inventiva al hablar de lo que uno hace, de lo que uno es, me vino dada después de que una amiga viniera a cenar a casa y mencionara a Jodorowsky y la psicomagia, una especie de terapia simbólica que mezcla disciplinas como la filosofía, el chamanismo, el teatro y no sé qué más. El caso es que uno de los principios de la psicomagia es que "todo lo que arrastramos con nosotros tiene que retorcerse hasta sublimarse. Todo lo que hemos recibido es un tesoro. No es necesario eliminar una parte. Hay que fecundar lo que nos viene dado". Seguro que estoy simplificando mucho pero entiendo que, si tú estás luchando por crecer espiritualmente, pero eres demasiado consciente de que trabajas limpiando y eso te limita en tu crecimiento, lo que tienes que hacer es sublimar esa realidad simbólicamente. Hay que apelar a esa gran habilidad que cada uno de nosotros tiene, aunque parezca pequeña en comparación con el resto del universo, y nombrarla. Vale, puede que no seas el mejor cantante o el mejor nadador del mundo, pero igual eres el mejor ordenador de facturas de Barcelona, o el mejor aliñador de ensaladas de tu familia, o -para el caso- la mejor barredora de escaleras de tu barrio. Jodorowsky le dijo a alguien que, con toda seguridad, él era "el mejor masajista de gatos de París". Tiene truco la cosa porque, como ves, a veces para ser el mejor en algo basta con ser el único que lo hace. De todos modos, si yo hubiera podido ser la mejor masajista de gatos de París, no hubiera escogido ser ninguna otra cosa. Hay que pensar en ello. Y a mí me será fácil inspirarme en la mujer que retorció la fregona que arrastraba consigo hasta que la sublimó y la convirtió en la mejor herramienta para una responsable de mantenimiento de la escalera.